Domingo de Ramos “De la pasión del Señor”- 14 De Abril 2019

Conmemoración de la entrada del Señor en Jerusalén
Procesión de las Palmas
37


Evangelio


Lc 19, 28-40

En aquel tiempo, Jesús, acompañado de sus discípulos, iba camino de Jerusalén, y al acercarse a Betfagé y a Betania, junto al monte llamado de los Olivos, envió a dos de sus discípulos, diciéndoles: “Vayan al caserío que está frente a ustedes. Al entrar, encontrarán atado un burrito que nadie ha montado todavía. Desátenlo y tráiganlo aquí. Si alguien les pregunta por qué lo desatan, díganle: ‘El Señor lo necesita’ “.

Fueron y encontraron todo como el Señor les había dicho. Mientras desataban el burro, los dueños les preguntaron: “¿Por qué lo desamarran?” Ellos contestaron: “El Señor lo necesita”. Se llevaron, pues, el burro, le echaron encima los mantos e hicieron que Jesús montara en él.

Conforme iba avanzando, la gente tapizaba el camino con sus mantos, y cuando ya estaba cerca la bajada del monte de los Olivos, la multitud de discípulos, entusiasmados, se pusieron a alabar a Dios a gritos por todos los prodigios que habían visto, diciendo:

“¡Bendito el rey
que viene en nombre del Señor!

¡Paz en el cielo
y gloria en las alturas!”

Algunos fariseos que iban entre la gente, le dijeron: “Maestro, reprende a tus discípulos”. Él les replicó: “Les aseguro que si ellos se callan, gritarán las piedras”.  

La Misa

Primera Lectura

Is 50, 4-7

“El Señor me ha dado una lengua experta,
para que pueda confortar al abatido
con palabras de aliento.

Mañana tras mañana, el Señor despierta mi oído,
para que escuche yo, como discípulo.
El Señor Dios me ha hecho oír sus palabras
y yo no he opuesto resistencia
ni me he echado para atrás.

Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
la mejilla a los que me tiraban de la barba.
No aparté mi rostro de los insultos y salivazos.

Pero el Señor me ayuda,
por eso no quedaré confundido,
por eso endurecí mi rostro como roca
y sé que no quedaré avergonzado”.


Salmo Responsorial

Salmo 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24

R. (2a) Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Todos los que me ven, de mí se burlan; 
me hacen gestos y dicen:
“Confiaba en el Señor, pues que él lo salve; 
si de veras lo ama, que lo libre”. 
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Los malvados me cercan por doquiera
como rabiosos perros.
Mis manos y mis pies han taladrado
y se puedan contar todos mis huesos. 
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Reparten entre sí mis vestiduras
y se juegan mi túnica a los dados.
Señor, auxilio mío, ven y ayudarme,
no te quedes de mí tan alejado. 
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
Fieles del Señor, alábenlo;
glorificarlo, linaje de Jacob, 
témelo, estirpe de Israel. 
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? 

Segunda Lectura

Flp 2, 6-11

Cristo, siendo Dios,
no consideró que debía aferrarse
a las prerrogativas de su condición divina,
sino que, por el contrario, se anonadó a sí mismo,
tomando la condición de siervo,
y se hizo semejante a los hombres.
Así, hecho uno de ellos, se humilló a sí mismo
y por obediencia aceptó incluso la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas
y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre,
para que, al nombre de Jesús, todos doblen la rodilla
en el cielo, en la tierra y en los abismos,
y todos reconozcan públicamente que Jesucristo es el Señor,
para gloria de Dios Padre.


Aclamación antes del Evangelio

Flp 2, 8-9

R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Cristo se humilló por nosotros
y por obediencia aceptó incluso la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todas las cosas
y le otorgó el nombre que está sobre todo nombre.
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.


Evangelio

Lc 22, 14–23, 56

Llegada la hora de cenar, se sentó Jesús con sus discípulos y les dijo: “Cuánto he deseado celebrar esta Pascua con ustedes, antes de padecer, porque yo les aseguro que ya no la volveré a celebrar, hasta que tenga cabal cumplimiento en el Reino de Dios”. Luego tomó en sus manos una copa de vino, pronunció la acción de gracias y dijo: “Tomen esto y repártanlo entre ustedes, porque les aseguro que ya no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el Reino de Dios”.

Tomando después un pan, pronunció la acción de gracias, lo partió y se lo dio, diciendo: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan esto en memoria mía”. Después de cenar, hizo lo mismo con una copa de vino, diciendo: “Esta copa es la nueva alianza, sellada con mi sangre, que se derrama por ustedes”.

“Pero miren: la mano del que me va a entregar está conmigo en la mesa. Porque el Hijo del hombre va a morir, según lo decretado; pero ¡ay de aquel hombre por quien será entregado!” Ellos empezaron a preguntarse unos a otros quién de ellos podía ser el que lo iba a traicionar.

Después los discípulos se pusieron a discutir sobre cuál de ellos debería ser considerado como el más importante. Jesús les dijo: “Los reyes de los paganos los dominan, y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores. Pero ustedes no hagan eso, sino todo lo contrario: que el mayor entre ustedes actúe como si fuera el menor, y el que gobierna, como si fuera un servidor. Porque, ¿quién vale más, el que está a la mesa o el que sirve? ¿Verdad que es el que está a la mesa? Pues yo estoy en medio de ustedes como el que sirve. Ustedes han perseverado conmigo en mis pruebas, y yo les voy a dar el Reino, como mi Padre me lo dio a mí, para que coman y beban a mi mesa en el Reino, y se siente cada uno en un trono, para juzgar a las doce tribus de Israel”.

Luego añadió: “Simón, Simón, mira que Satanás ha pedido permiso para zarandearlos como trigo; pero yo he orado por ti, para que tu fe no desfallezca; y tú, una vez convertido, confirma a tus hermanos”. Él le contestó: “Señor, estoy dispuesto a ir contigo incluso a la cárcel y a la muerte”. Jesús le replicó: “Te digo, Pedro, que hoy, antes de que cante el gallo, habrás negado tres veces que me conoces”.

Después les dijo a todos ellos: “Cuando los envié sin provisiones, sin dinero ni sandalias, ¿acaso les faltó algo?” Ellos contestaron: “Nada”. Él añadió: “Ahora, en cambio, el que tenga dinero o provisiones, que los tome; y el que no tenga espada, que venda su manto y compre una. Les aseguro que conviene que se cumpla esto que está escrito de mí: Fue contado entre los malhechores, porque se acerca el cumplimiento de todo lo que se refiere a mí”. Ellos le dijeron: “Señor, aquí hay dos espadas”. Él les contestó: “¡Basta ya!”

Salió Jesús, como de costumbre, al monte de los Olivos y lo acompañaron los discípulos. Al llegar a ese sitio, les dijo: “Oren, para no caer en la tentación”. Luego se alejó de ellos a la distancia de un tiro de piedra y se puso a orar de rodillas, diciendo: “Padre, si quieres, aparta de mí esta amarga prueba; pero que no se haga mi voluntad, sino la tuya”. Se le apareció entonces un ángel para confortarlo; él, en su angustia mortal, oraba con mayor insistencia, y comenzó a sudar gruesas gotas de sangre, que caían hasta el suelo. Por fin terminó su oración, se levantó, fue hacia sus discípulos y los encontró dormidos por la pena. Entonces les dijo: “¿Por qué están dormidos? Levántense y oren para no caer en la tentación”.

Todavía estaba hablando, cuando llegó una turba encabezada por Judas, uno de los Doce, quien se acercó a Jesús para besarlo. Jesús le dijo: “Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre?”

Al darse cuenta de lo que iba a suceder, los que estaban con él dijeron: “Señor, ¿los atacamos con la espada?” Y uno de ellos hirió a un criado del sumo sacerdote y le cortó la oreja derecha. Jesús intervino, diciendo: “¡Dejen! ¡Basta!” Le tocó la oreja y lo curó.

Después Jesús dijo a los sumos sacerdotes, a los encargados del templo y a los ancianos que habían venido a arrestarlo: “Han venido a aprehenderme con espadas y palos, como si fuera un bandido. Todos los días he estado con ustedes en el templo y no me echaron mano. Pero ésta es su hora y la del poder de las tinieblas”.

Ellos lo arrestaron, se lo llevaron y lo hicieron entrar en la casa del sumo sacerdote. Pedro los seguía desde lejos. Encendieron fuego en medio del patio, se sentaron alrededor y Pedro se sentó también con ellos. Al verlo sentado junto a la lumbre, una criada se le quedó mirando y dijo: “Éste también estaba con él”. Pero él lo negó diciendo: “No lo conozco, mujer”. Poco después lo vio otro y le dijo: “Tú también eres uno de ellos”. Pedro replicó: “¡Hombre, no lo soy!” Y como después de una hora, otro insistió: “Sin duda que éste también estaba con él, porque es galileo”. Pedro contestó: “¡Hombre, no sé de qué hablas!” Todavía estaba hablando, cuando cantó un gallo.

El Señor, volviéndose, miró a Pedro. Pedro se acordó entonces de las palabras que el Señor le había dicho: ‘Antes de que cante el gallo, me negarás tres veces’, y saliendo de allí se soltó a llorar amargamente.

Los hombres que sujetaban a Jesús se burlaban de él, le daban golpes, le tapaban la cara y le preguntaban: “¿Adivina quién te ha pegado?” Y proferían contra él muchos insultos.

Al amanecer se reunió el consejo de los ancianos con los sumos sacerdotes y los escribas. Hicieron comparecer a Jesús ante el sanedrín y le dijeron: “Si tú eres el Mesías, dínoslo”. Él les contestó: “Si se lo digo, no lo van a creer, y si les pregunto, no me van a responder. Pero ya desde ahora, el Hijo del hombre está sentado a la derecha de Dios todopoderoso”. Dijeron todos: “Entonces, ¿tú eres el Hijo de Dios?” Él les contestó: “Ustedes mismos lo han dicho: sí lo soy”. Entonces ellos dijeron: “¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Nosotros mismo lo hemos oído de su boca”. El consejo de los ancianos, con los sumos sacerdotes y los escribas, se levantaron y llevaron a Jesús ante Pilato.

Entonces comenzaron a acusarlo, diciendo: “Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación y oponiéndose a que se pague tributo al César y diciendo que él es el Mesías rey”.

Pilato preguntó a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Él le contestó: “Tú lo has dicho”. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba: “No encuentro ninguna culpa en este hombre”. Ellos insistían con más fuerza, diciendo: “Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí”. Al oír esto, Pilato preguntó si era galileo, y al enterarse de que era de la jurisdicción de Herodes, se lo remitió, ya que Herodes estaba en Jerusalén precisamente por aquellos días.

Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento, porque hacía mucho tiempo que quería verlo, pues había oído hablar mucho de él y esperaba presenciar algún milagro suyo. Le hizo muchas preguntas, pero él no le contestó ni una palabra. Estaban ahí los sumos sacerdotes y los escribas, acusándolo sin cesar. Entonces Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él, y le mandó poner una vestidura blanca. Después se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes eran enemigos.

Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, y les dijo: “Me han traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; pero yo lo he interrogado delante de ustedes y no he encontrado en él ninguna de las culpas de que lo acusan. Tampoco Herodes, porque me lo ha enviado de nuevo. Ya ven que ningún delito digno de muerte se ha probado. Así pues, le aplicaré un escarmiento y lo soltaré”.

Con ocasión de la fiesta, Pilato tenía que dejarles libre a un preso. Ellos vociferaron en masa, diciendo: “¡Quita a ése! ¡Suéltanos a Barrabás!” A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio.

Pilato volvió a dirigirles la palabra, con la intención de poner en libertad a Jesús; pero ellos seguían gritando: “¡Crucifícalo, crucifícalo!” Él les dijo por tercera vez: “¿Pues qué ha hecho de malo? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte; de modo que le aplicaré un escarmiento y lo soltaré”. Pero ellos insistían, pidiendo a gritos que lo crucificara. Como iba creciendo el griterío, Pilato decidió que se cumpliera su petición; soltó al que le pedían, al que había sido encarcelado por revuelta y homicidio, y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.

Mientras lo llevaban a crucificar, echaron mano a un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo obligaron a cargar la cruz, detrás de Jesús. Lo iba siguiendo una gran multitud de hombres y mujeres, que se golpeaban el pecho y lloraban por él. Jesús se volvió hacia las mujeres y les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren por ustedes y por sus hijos, porque van a venir días en que se dirá: ‘¡Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado!’ Entonces dirán a los montes: ‘Desplómense sobre nosotros’, y a las colinas: ‘Sepúltennos’, porque si así tratan al árbol verde, ¿qué pasará con el seco?”

Conducían, además, a dos malhechores, para ajusticiarlos con él. Cuando llegaron al lugar llamado “la Calavera”, lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía desde la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Los soldados se repartieron sus ropas, echando suertes.

El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido”. También los soldados se burlaban de Jesús, y acercándose a él, le ofrecían vinagre y le decían: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Había, en efecto, sobre la cruz, un letrero en griego, latín y hebreo, que decía: “Éste es el rey de los judíos”.

Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole: “Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro le reclamaba, indignado: “¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho”. Y le decía a Jesús: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”. Jesús le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Era casi el mediodía, cuando las tinieblas invadieron toda la región y se oscureció el sol hasta las tres de la tarde. El velo del templo se rasgó a la mitad. Jesús, clamando con voz potente, dijo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y dicho esto, expiró.

Aquí se arrodillan todos y se hace una breve pausa.

El oficial romano, al ver lo que pasaba, dio gloria a Dios, diciendo: “Verdaderamente este hombre era justo”. Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, mirando lo que ocurría, se volvió a su casa dándose golpes de pecho. Los conocidos de Jesús se mantenían a distancia, lo mismo que las mujeres que lo habían seguido desde Galilea, y permanecían mirando todo aquello.

Un hombre llamado José, consejero del sanedrín, hombre bueno y justo, que no había estado de acuerdo con la decisión de los judíos ni con sus actos, que era natural de Arimatea, ciudad de Judea, y que aguardaba el Reino de Dios, se presentó ante Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús. Lo bajó de la cruz, lo envolvió en una sábana y lo colocó en un sepulcro excavado en la roca, donde no habían puesto a nadie todavía. Era el día de la Pascua y ya iba a empezar el sábado. Las mujeres que habían seguido a Jesús desde Galilea acompañaron a José para ver el sepulcro y cómo colocaban el cuerpo. Al regresar a su casa, prepararon perfumes y ungüentos, y el sábado guardaron reposo, conforme al mandamiento.

O bien:

Lc 23, 1-49

En aquel tiempo, el consejo de los ancianos, con los sumos sacerdotes y los escribas, se levantaron y llevaron a Jesús ante Pilato. Entonces comenzaron a acusarlo, diciendo: “Hemos comprobado que éste anda amotinando a nuestra nación y oponiéndose a que se pague tributo al César y diciendo que él es el Mesías rey”.

Pilato preguntó a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?” Él le contestó: “Tú lo has dicho”. Pilato dijo a los sumos sacerdotes y a la turba: “No encuentro ninguna culpa en este hombre”. Ellos insistían con más fuerza, diciendo: “Solivianta al pueblo enseñando por toda Judea, desde Galilea hasta aquí”. Al oír esto, Pilato preguntó si era galileo, y al enterarse de que era de la jurisdicción de Herodes, se lo remitió, ya que Herodes estaba en Jerusalén precisamente por aquellos días.

Herodes, al ver a Jesús, se puso muy contento, porque hacía mucho tiempo que quería verlo, pues había oído hablar mucho de él y esperaba presenciar algún milagro suyo. Le hizo muchas preguntas, pero él no le contestó ni una palabra. Estaban ahí los sumos sacerdotes y los escribas, acusándolo sin cesar. Entonces Herodes, con su escolta, lo trató con desprecio y se burló de él, y le mandó poner una vestidura blanca. Después se lo remitió a Pilato. Aquel mismo día se hicieron amigos Herodes y Pilato, porque antes eran enemigos.

Pilato convocó a los sumos sacerdotes, a las autoridades y al pueblo, y les dijo: “Me han traído a este hombre, alegando que alborota al pueblo; pero yo lo he interrogado delante de ustedes y no he encontrado en él ninguna de las culpas de que lo acusan. Tampoco Herodes, porque me lo ha enviado de nuevo. Ya ven que ningún delito digno de muerte se ha probado. Así pues, le aplicaré un escarmiento y lo soltaré”.

Con ocasión de la fiesta, Pilato tenía que dejarles libre a un preso. Ellos vociferaron en masa, diciendo: “¡Quita a ése! ¡Suéltanos a Barrabás!” A éste lo habían metido en la cárcel por una revuelta acaecida en la ciudad y un homicidio.

Pilato volvió a dirigirles la palabra, con la intención de poner en libertad a Jesús; pero ellos seguían gritando: “¡Crucifícalo, crucifícalo!” Él les dijo por tercera vez: “¿Pues qué ha hecho de malo? No he encontrado en él ningún delito que merezca la muerte; de modo que le aplicaré un escarmiento y lo soltaré”. Pero ellos insistían, pidiendo a gritos que lo crucificara. Como iba creciendo el griterío, Pilato decidió que se cumpliera su petición; soltó al que le pedían, al que había sido encarcelado por revuelta y homicidio, y a Jesús se lo entregó a su arbitrio.

Mientras lo llevaban a crucificar, echaron mano a un cierto Simón de Cirene, que volvía del campo, y lo obligaron a cargar la cruz, detrás de Jesús. Lo iba siguiendo una gran multitud de hombres y mujeres, que se golpeaban el pecho y lloraban por él. Jesús se volvió hacia las mujeres y les dijo: “Hijas de Jerusalén, no lloren por mí; lloren por ustedes y por sus hijos, porque van a venir días en que se dirá: ‘¡Dichosas las estériles y los vientres que no han dado a luz y los pechos que no han criado!’ Entonces dirán a los montes: ‘Desplómense sobre nosotros’, y a las colinas: ‘Sepúltennos’, porque si así tratan al árbol verde, ¿qué pasará con el seco?”

Conducían, además, a dos malhechores, para ajusticiarlos con él. Cuando llegaron al lugar llamado “la Calavera”, lo crucificaron allí, a él y a los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda. Jesús decía desde la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Los soldados se repartieron sus ropas, echando suertes.

El pueblo estaba mirando. Las autoridades le hacían muecas, diciendo: “A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el elegido”. También los soldados se burlaban de Jesús, y acercándose a él, le ofrecían vinagre y le decían: “Si tú eres el rey de los judíos, sálvate a ti mismo”. Había, en efecto, sobre la cruz, un letrero en griego, latín y hebreo, que decía: “Éste es el rey de los judíos”.

Uno de los malhechores crucificados insultaba a Jesús, diciéndole: “Si tú eres el Mesías, sálvate a ti mismo y a nosotros”. Pero el otro le reclamaba indignado: “¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el mismo suplicio? Nosotros justamente recibimos el pago de lo que hicimos. Pero éste ningún mal ha hecho”. Y le decía a Jesús: “Señor, cuando llegues a tu Reino, acuérdate de mí”. Jesús le respondió: “Yo te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso”.

Era casi el mediodía, cuando las tinieblas invadieron toda la región y se oscureció el sol hasta las tres de la tarde. El velo del templo se rasgó a la mitad. Jesús, clamando con voz potente, dijo: “¡Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu!” Y dicho esto, expiró.

Aquí se arrodillan todos y se hace una breve pausa.

El oficial romano, al ver lo que pasaba, dio gloria a Dios, diciendo: “Verdaderamente este hombre era justo”. Toda la muchedumbre que había acudido a este espectáculo, mirando lo que ocurría, se volvió a su casa dándose golpes de pecho. Los conocidos de Jesús se mantenían a distancia, lo mismo que las mujeres que lo habían seguido desde Galilea, y permanecían mirando todo aquello.

Palm Sunday – April 14, 2019

Palm Sunday of the Lord’s Passion
Lectionary: 37/38

At The Procession With Palms – GospelLK 19:28-40

Jesus proceeded on his journey up to Jerusalem.
As he drew near to Bethphage and Bethany 
at the place called the Mount of Olives, 
he sent two of his disciples.
He said, “Go into the village opposite you, 
and as you enter it you will find a colt tethered 
on which no one has ever sat.
Untie it and bring it here.
And if anyone should ask you,
‘Why are you untying it?’ 
you will answer,
‘The Master has need of it.'”
So those who had been sent went off 
and found everything just as he had told them.
And as they were untying the colt, its owners said to them, 
“Why are you untying this colt?”
They answered,
“The Master has need of it.”
So they brought it to Jesus,
threw their cloaks over the colt, 
and helped Jesus to mount.
As he rode along,
the people were spreading their cloaks on the road; 
and now as he was approaching the slope of the Mount of Olives, 
the whole multitude of his disciples
began to praise God aloud with joy
for all the mighty deeds they had seen.
They proclaimed:
“Blessed is the king who comes
in the name of the Lord.
Peace in heaven
and glory in the highest.”
Some of the Pharisees in the crowd said to him,
“Teacher, rebuke your disciples.”
He said in reply,
“I tell you, if they keep silent,
the stones will cry out!”

At The Mass – Reading IIS 50:4-7

The Lord GOD has given me
a well-trained tongue,
that I might know how to speak to the weary
a word that will rouse them.
Morning after morning
he opens my ear that I may hear;
and I have not rebelled,
have not turned back.
I gave my back to those who beat me,
my cheeks to those who plucked my beard;
my face I did not shield
from buffets and spitting.

The Lord GOD is my help,
therefore I am not disgraced;
I have set my face like flint,
knowing that I shall not be put to shame.

Responsorial PsalmPS 22:8-9, 17-18, 19-20, 23-24.

R. (2a)  My God, my God, why have you abandoned me?
All who see me scoff at me;
they mock me with parted lips, they wag their heads:
“He relied on the LORD; let him deliver him,
let him rescue him, if he loves him.”
R. My God, my God, why have you abandoned me?
Indeed, many dogs surround me,
a pack of evildoers closes in upon me;
They have pierced my hands and my feet;
I can count all my bones.
R. My God, my God, why have you abandoned me?
They divide my garments among them,
and for my vesture they cast lots.
But you, O LORD, be not far from me;
O my help, hasten to aid me.
R. My God, my God, why have you abandoned me?
I will proclaim your name to my brethren;
in the midst of the assembly I will praise you:
“You who fear the LORD, praise him;
all you descendants of Jacob, give glory to him;
 revere him, all you descendants of Israel!”
R. My God, my God, why have you abandoned me?

Reading 2PHIL 2:6-11

Christ Jesus, though he was in the form of God,
did not regard equality with God
something to be grasped.
Rather, he emptied himself,
taking the form of a slave,
coming in human likeness;
and found human in appearance,
he humbled himself,
becoming obedient to the point of death,
even death on a cross.
Because of this, God greatly exalted him
and bestowed on him the name
which is above every name,
that at the name of Jesus
every knee should bend,
of those in heaven and on earth and under the earth,
and every tongue confess that
Jesus Christ is Lord,
to the glory of God the Father.

Verse Before The GospelPHIL 2:8-9

Christ became obedient to the point of death,
even death on a cross.
because of this, God greatly exalted him
and bestowed on him the name which is above every name.

GospelLK 22:14—23:56

When the hour came,
Jesus took his place at table with the apostles.
He said to them, 
“I have eagerly desired to eat this Passover with you before I suffer,
for, I tell you, I shall not eat it again 
until there is fulfillment in the kingdom of God.”
Then he took a cup, gave thanks, and said, 
“Take this and share it among yourselves; 
for I tell you that from this time on 
I shall not drink of the fruit of the vine 
until the kingdom of God comes.”
Then he took the bread, said the blessing,
broke it, and gave it to them, saying, 
“This is my body, which will be given for you; 
do this in memory of me.”
And likewise the cup after they had eaten, saying, 
“This cup is the new covenant in my blood,
which will be shed for you.

“And yet behold, the hand of the one who is to betray me
is with me on the table; 
for the Son of Man indeed goes as it has been determined;
but woe to that man by whom he is betrayed.”
And they began to debate among themselves 
who among them would do such a deed.

Then an argument broke out among them
about which of them should be regarded as the greatest.
He said to them,
“The kings of the Gentiles lord it over them 
and those in authority over them are addressed as ‘Benefactors’; 
but among you it shall not be so.
Rather, let the greatest among you be as the youngest, 
and the leader as the servant.
For who is greater: 
the one seated at table or the one who serves?
Is it not the one seated at table?
I am among you as the one who serves.
It is you who have stood by me in my trials;
and I confer a kingdom on you, 
just as my Father has conferred one on me, 
that you may eat and drink at my table in my kingdom; 
and you will sit on thrones
judging the twelve tribes of Israel.

“Simon, Simon, behold Satan has demanded
to sift all of you like wheat,
but I have prayed that your own faith may not fail; 
and once you have turned back,
you must strengthen your brothers.”
He said to him,
“Lord, I am prepared to go to prison and to die with you.”
But he replied,
“I tell you, Peter, before the cock crows this day,
you will deny three times that you know me.”

He said to them,
“When I sent you forth without a money bag or a sack or sandals,
were you in need of anything?”
“No, nothing, ” they replied.
He said to them,
“But now one who has a money bag should take it,
and likewise a sack, 
and one who does not have a sword
should sell his cloak and buy one.
For I tell you that this Scripture must be fulfilled in me,
namely, He was counted among the wicked;
and indeed what is written about me is coming to fulfillment.”
Then they said,
“Lord, look, there are two swords here.”
But he replied, “It is enough!”

Then going out, he went, as was his custom, to the Mount of Olives,
and the disciples followed him.
When he arrived at the place he said to them, 
“Pray that you may not undergo the test.”
After withdrawing about a stone’s throw from them and kneeling,
he prayed, saying, “Father, if you are willing, 
take this cup away from me; 
still, not my will but yours be done.”
And to strengthen him an angel from heaven appeared to him.
He was in such agony and he prayed so fervently 
that his sweat became like drops of blood
falling on the ground.
When he rose from prayer and returned to his disciples, 
he found them sleeping from grief.
He said to them, “Why are you sleeping?
Get up and pray that you may not undergo the test.”

While he was still speaking, a crowd approached 
and in front was one of the Twelve, a man named Judas.
He went up to Jesus to kiss him.
Jesus said to him, 
“Judas, are you betraying the Son of Man with a kiss?”
His disciples realized what was about to happen, and they asked, 
“Lord, shall we strike with a sword?”
And one of them struck the high priest’s servant
and cut off his right ear.
But Jesus said in reply,
“Stop, no more of this!”
Then he touched the servant’s ear and healed him.
And Jesus said to the chief priests and temple guards 
and elders who had come for him, 
“Have you come out as against a robber, with swords and clubs?
Day after day I was with you in the temple area,
and you did not seize me;
but this is your hour, the time for the power of darkness.”

After arresting him they led him away 
and took him into the house of the high priest; 
Peter was following at a distance.
They lit a fire in the middle of the courtyard and sat around it,
and Peter sat down with them.
When a maid saw him seated in the light, 
she looked intently at him and said,
“This man too was with him.”
But he denied it saying,
“Woman, I do not know him.”
A short while later someone else saw him and said, 
“You too are one of them”; 
but Peter answered, “My friend, I am not.”
About an hour later, still another insisted, 
“Assuredly, this man too was with him,
for he also is a Galilean.”
But Peter said,
“My friend, I do not know what you are talking about.”
Just as he was saying this, the cock crowed,
and the Lord turned and looked at Peter; 
and Peter remembered the word of the Lord,
how he had said to him,
“Before the cock crows today, you will deny me three times.”
He went out and began to weep bitterly.
The men who held Jesus in custody were ridiculing and beating him.
They blindfolded him and questioned him, saying, 
“Prophesy!  Who is it that struck you?”
And they reviled him in saying many other things against him.

When day came the council of elders of the people met, 
both chief priests and scribes, 
and they brought him before their Sanhedrin.
They said, “If you are the Christ, tell us, ” 
but he replied to them, “If I tell you, you will not believe, 
and if I question, you will not respond.
But from this time on the Son of Man will be seated 
at the right hand of the power of God.”
They all asked, “Are you then the Son of God?”
He replied to them, “You say that I am.”
Then they said, “What further need have we for testimony?
We have heard it from his own mouth.”

Then the whole assembly of them arose and brought him before Pilate.
They brought charges against him, saying, 
“We found this man misleading our people; 
he opposes the payment of taxes to Caesar 
and maintains that he is the Christ, a king.”
Pilate asked him, “Are you the king of the Jews?”
He said to him in reply, “You say so.”
Pilate then addressed the chief priests and the crowds, 
“I find this man not guilty.”
But they were adamant and said, 
“He is inciting the people with his teaching throughout all Judea,
from Galilee where he began even to here.”

On hearing this Pilate asked if the man was a Galilean; 
and upon learning that he was under Herod’s jurisdiction,
he sent him to Herod who was in Jerusalem at that time.
Herod was very glad to see Jesus; 
he had been wanting to see him for a long time,
for he had heard about him 
and had been hoping to see him perform some sign.
He questioned him at length,
but he gave him no answer.
The chief priests and scribes, meanwhile,
stood by accusing him harshly.
Herod and his soldiers treated him contemptuously and mocked him,
and after clothing him in resplendent garb, 
he sent him back to Pilate.
Herod and Pilate became friends that very day, 
even though they had been enemies formerly.
Pilate then summoned the chief priests, the rulers, and the people 
and said to them, “You brought this man to me
and accused him of inciting the people to revolt.
I have conducted my investigation in your presence 
and have not found this man guilty 
of the charges you have brought against him, 
nor did Herod, for he sent him back to us.
So no capital crime has been committed by him.
Therefore I shall have him flogged and then release him.”

But all together they shouted out, 
“Away with this man!
Release Barabbas to us.”
— Now Barabbas had been imprisoned for a rebellion 
that had taken place in the city and for murder. —
Again Pilate addressed them, still wishing to release Jesus,
but they continued their shouting,
“Crucify him!  Crucify him!”
Pilate addressed them a third time,
“What evil has this man done?
I found him guilty of no capital crime.
Therefore I shall have him flogged and then release him.”
With loud shouts, however,
they persisted in calling for his crucifixion,
and their voices prevailed.
The verdict of Pilate was that their demand should be granted.
So he released the man who had been imprisoned
for rebellion and murder, for whom they asked,
and he handed Jesus over to them to deal with as they wished.

As they led him away
they took hold of a certain Simon, a Cyrenian, 
who was coming in from the country; 
and after laying the cross on him, 
they made him carry it behind Jesus.
A large crowd of people followed Jesus, 
including many women who mourned and lamented him.
Jesus turned to them and said, 
“Daughters of Jerusalem, do not weep for me; 
weep instead for yourselves and for your children 
for indeed, the days are coming when people will say, 
‘Blessed are the barren,
the wombs that never bore
and the breasts that never nursed.’
At that time people will say to the mountains,
‘Fall upon us!’
and to the hills, ‘Cover us!’
for if these things are done when the wood is green 
what will happen when it is dry?”
Now two others, both criminals,
were led away with him to be executed.

When they came to the place called the Skull, 
they crucified him and the criminals there, 
one on his right, the other on his left.
Then Jesus said,
“Father, forgive them, they know not what they do.”
They divided his garments by casting lots.
The people stood by and watched; 
the rulers, meanwhile, sneered at him and said, 
“He saved others, let him save himself 
if he is the chosen one, the Christ of God.”
Even the soldiers jeered at him.
As they approached to offer him wine they called out,
“If you are King of the Jews, save yourself.”
Above him there was an inscription that read, 
“This is the King of the Jews.”

Now one of the criminals hanging there reviled Jesus, saying,
“Are you not the Christ?
Save yourself and us.”
The other, however, rebuking him, said in reply,
“Have you no fear of God,
for you are subject to the same condemnation?
And indeed, we have been condemned justly,
for the sentence we received corresponds to our crimes, 
but this man has done nothing criminal.”
Then he said,
“Jesus, remember me when you come into your kingdom.”
He replied to him,
“Amen, I say to you, 
today you will be with me in Paradise.”

It was now about noon and darkness came over the whole land
until three in the afternoon
because of an eclipse of the sun.
Then the veil of the temple was torn down the middle.
Jesus cried out in a loud voice, 
“Father, into your hands I commend my spirit”; 
and when he had said this he breathed his last.

Here all kneel and pause for a short time.

The centurion who witnessed what had happened glorified God and said,
“This man was innocent beyond doubt.”
When all the people who had gathered for this spectacle saw what had happened,
they returned home beating their breasts;
but all his acquaintances stood at a distance, 
including the women who had followed him from Galilee 
and saw these events.

Now there was a virtuous and righteous man named Joseph who,
though he was a member of the council, 
had not consented to their plan of action.
He came from the Jewish town of Arimathea 
and was awaiting the kingdom of God.
He went to Pilate and asked for the body of Jesus.
After he had taken the body down, 
he wrapped it in a linen cloth
and laid him in a rock-hewn tomb
in which no one had yet been buried.
It was the day of preparation,
and the sabbath was about to begin.
The women who had come from Galilee with him followed behind, 
and when they had seen the tomb 
and the way in which his body was laid in it, 
they returned and prepared spices and perfumed oils.
Then they rested on the sabbath according to the commandment.

OrLK 23:1-49

The elders of the people, chief priests and scribes,
arose and brought Jesus before Pilate.
They brought charges against him, saying,
“We found this man misleading our people; 
he opposes the payment of taxes to Caesar 
and maintains that he is the Christ, a king.”
Pilate asked him, “Are you the king of the Jews?”
He said to him in reply, “You say so.”
Pilate then addressed the chief priests and the crowds, 
“I find this man not guilty.”
But they were adamant and said, 
“He is inciting the people with his teaching throughout all Judea,
from Galilee where he began even to here.”

On hearing this Pilate asked if the man was a Galilean; 
and upon learning that he was under Herod’s jurisdiction,
he sent him to Herod who was in Jerusalem at that time.
Herod was very glad to see Jesus; 
he had been wanting to see him for a long time,
for he had heard about him 
and had been hoping to see him perform some sign.
He questioned him at length,
but he gave him no answer.
The chief priests and scribes, meanwhile,
stood by accusing him harshly.
Herod and his soldiers treated him contemptuously and mocked him,
and after clothing him in resplendent garb, 
he sent him back to Pilate.
Herod and Pilate became friends that very day, 
even though they had been enemies formerly.
Pilate then summoned the chief priests, the rulers, and the people 
and said to them, “You brought this man to me
and accused him of inciting the people to revolt.
I have conducted my investigation in your presence 
and have not found this man guilty 
of the charges you have brought against him, 
nor did Herod, for he sent him back to us.
So no capital crime has been committed by him.
Therefore I shall have him flogged and then release him.”

But all together they shouted out, 
“Away with this man!
Release Barabbas to us.”
— Now Barabbas had been imprisoned for a rebellion 
that had taken place in the city and for murder. —
Again Pilate addressed them, still wishing to release Jesus,
but they continued their shouting,
“Crucify him!  Crucify him!”
Pilate addressed them a third time,
“What evil has this man done?
I found him guilty of no capital crime.
Therefore I shall have him flogged and then release him.”
With loud shouts, however,
they persisted in calling for his crucifixion,
and their voices prevailed.
The verdict of Pilate was that their demand should be granted.
So he released the man who had been imprisoned
for rebellion and murder, for whom they asked,
and he handed Jesus over to them to deal with as they wished.

As they led him away
they took hold of a certain Simon, a Cyrenian, 
who was coming in from the country; 
and after laying the cross on him, 
they made him carry it behind Jesus.
A large crowd of people followed Jesus, 
including many women who mourned and lamented him.
Jesus turned to them and said, 
“Daughters of Jerusalem, do not weep for me;
weep instead for yourselves and for your children 
for indeed, the days are coming when people will say, 
‘Blessed are the barren,
the wombs that never bore
and the breasts that never nursed.’
At that time people will say to the mountains,
‘Fall upon us!’
and to the hills, ‘Cover us!’
for if these things are done when the wood is green 
what will happen when it is dry?”
Now two others, both criminals,
were led away with him to be executed.

When they came to the place called the Skull, 
they crucified him and the criminals there, 
one on his right, the other on his left.
Then Jesus said,
“Father, forgive them, they know not what they do.”
They divided his garments by casting lots.
The people stood by and watched; 
the rulers, meanwhile, sneered at him and said, 
“He saved others, let him save himself 
if he is the chosen one, the Christ of God.”
Even the soldiers jeered at him.
As they approached to offer him wine they called out,
“If you are King of the Jews, save yourself.”
Above him there was an inscription that read, 
“This is the King of the Jews.”

Now one of the criminals hanging there reviled Jesus, saying,
“Are you not the Christ?
Save yourself and us.”
The other, however, rebuking him, said in reply,
“Have you no fear of God,
for you are subject to the same condemnation?
And indeed, we have been condemned justly,
for the sentence we received corresponds to our crimes, 
but this man has done nothing criminal.”
Then he said,
“Jesus, remember me when you come into your kingdom.”
He replied to him,
“Amen, I say to you, 
today you will be with me in Paradise.”

It was now about noon and darkness came over the whole land
until three in the afternoon
because of an eclipse of the sun.
Then the veil of the temple was torn down the middle.
Jesus cried out in a loud voice,
“Father, into your hands I commend my spirit”; 
and when he had said this he breathed his last.

Here all kneel and pause for a short time.

The centurion who witnessed what had happened glorified God and said,
“This man was innocent beyond doubt.”
When all the people who had gathered for this spectacle
saw what had happened,
they returned home beating their breasts;
but all his acquaintances stood at a distance, 
including the women who had followed him from Galilee 
and saw these events.

V Domingo de Cuaresma – 7 De Abril 2019

Leccionario: 36

Primera lectura 

Is 43, 16-21

Esto dice el Señor, que abrió un camino en el mar
y un sendero en las aguas impetuosas,
el que hizo salir a la batalla
a un formidable ejército de carros y caballos,
que cayeron y no se levantaron,
y se apagaron como una mecha que se extingue:

“No recuerden lo pasado ni piensen en lo antiguo;
yo voy a realizar algo nuevo.
Ya está brotando. ¿No lo notan?
Voy a abrir caminos en el desierto
y haré que corran los ríos en la tierra árida.
Me darán gloria las bestias salvajes,
los chacales y las avestruces,
porque haré correr agua en el desierto,
y ríos en el yermo,
para apagar la sed de mi pueblo escogido.
Entonces el pueblo que me he formado
proclamará mis alabanzas”.


Salmo Responsorial

Salmo 125, 1-2ab. 2cd-3. 4-5. 6

R. (3) Grandes cosas ha hecho por nosotros, Señor.
Cuando el Señor nos hizo volver del cautiverio
creíamos soñar:
entonces no cesaba de reír nuestra boca
ni se cansaba entonces la lengua de cantar.  
R. Grandes cosas ha hecho por nosotros, Señor.
Aun los mismo paganos con asombro decían:
“¡Grandes cosas ha hecho por ellos el Señor!”
Y estábamos alegres,
pues ha hecho grandes cosas por su pueblo el Señor.  
R. Grandes cosas ha hecho por nosotros, Señor.
Como cambian los ríos la suerte del desierto,
cambia también ahora nuestra suerte, Señor,
y entre gritos de júbilo
cosecharán aquellos que siembran con dolor.
R. Grandes cosas ha hecho por nosotros, Señor.
Al ir, iban llorando, cargando la semilla;
al regresar, cantando vendrán con sus gavillas.  
R. Grandes cosas ha hecho por nosotros, Señor.


Segunda Lectura

Fil 3, 8-14

Hermanos: Todo lo que era valioso para mí, lo consideré sin valor a causa de Cristo. Más aún pienso que nada vale la pena en comparación con el bien supremo, que consiste en conocer a Cristo Jesús, mi Señor, por cuyo amor he renunciado a todo, y todo lo considero como basura, con tal de ganar a Cristo y de estar unido a él, no porque haya obtenido la justificación que proviene de la ley, sino la que procede de la fe en Cristo Jesús, con la que Dios hace justos a los que creen.

Y todo esto, para conocer a Cristo, experimentar la fuerza de su resurrección, compartir sus sufrimientos y asemejarme a él en su muerte, con la esperanza de resucitar con él de entre los muertos.

No quiero decir que haya logrado ya ese ideal o que sea ya perfecto, pero me esfuerzo en conquistarlo, porque Cristo Jesús me ha conquistado. No, hermanos, considero que todavía no lo he logrado. Pero eso sí, olvido lo que he dejado atrás, y me lanzo hacia adelante, en busca de la meta y del trofeo al que Dios, por medio de Cristo Jesús, nos llama desde el cielo.


Aclamación antes del Evangelio

Joel 2, 12-13

R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.
Todavía es tiempo, dice el Señor.
Arrepiéntanse de todo corazón y vuélvanse a mí,
que soy compasivo y misericordioso.
R. Honor y gloria a ti, Señor Jesús.


Evangelio

Jn 8, 1-11

En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos y al amanecer se presentó de nuevo en el templo, donde la multitud se le acercaba; y él, sentado entre ellos, les enseñaba.

Entonces los escribas y fariseos le llevaron a una mujer sorprendida en adulterio, y poniéndola frente a él, le dijeron: “Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. Moisés nos manda en la ley apedrear a estas mujeres. ¿Tú que dices?”

Le preguntaban esto para ponerle una trampa y poder acusarlo. Pero Jesús se agachó y se puso a escribir en el suelo con el dedo. Como insistían en su pregunta, se incorporó y les dijo: “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra”. Se volvió a agachar y siguió escribiendo en el suelo.

Al oír aquellas palabras, los acusadores comenzaron a escabullirse uno tras otro, empezando por los más viejos, hasta que dejaron solos a Jesús y a la mujer, que estaba de pie, junto a él.

Entonces Jesús se enderezó y le preguntó: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Nadie te ha condenado?” Ella le contestó: “Nadie, Señor”. Y Jesús le dijo: “Tampoco yo te condeno. Vete y ya no vuelvas a pecar”.

Fifth Sunday of Lent – April 7, 2019

Fifth Sunday of Lent – Year C Readings
Lectionary: 36

Reading 1IS 43:16-21

Thus says the LORD,
who opens a way in the sea
and a path in the mighty waters,
who leads out chariots and horsemen,
a powerful army,
till they lie prostrate together, never to rise,
snuffed out and quenched like a wick.
Remember not the events of the past,
the things of long ago consider not;
see, I am doing something new!
Now it springs forth, do you not perceive it?
In the desert I make a way,
in the wasteland, rivers.
Wild beasts honor me,
jackals and ostriches,
for I put water in the desert
and rivers in the wasteland
for my chosen people to drink,
the people whom I formed for myself,
that they might announce my praise.

Responsorial PsalmPS 126:1-2, 2-3, 4-5, 6.

R. (3)  The Lord has done great things for us; we are filled with joy.
When the LORD brought back the captives of Zion,
we were like men dreaming.
Then our mouth was filled with laughter,
and our tongue with rejoicing.
R. The Lord has done great things for us; we are filled with joy.
Then they said among the nations,
“The LORD has done great things for them.”
The LORD has done great things for us;
we are glad indeed.
R. The Lord has done great things for us; we are filled with joy.
Restore our fortunes, O LORD,
like the torrents in the southern desert.
Those that sow in tears
shall reap rejoicing.
R. The Lord has done great things for us; we are filled with joy.
Although they go forth weeping,
carrying the seed to be sown,
They shall come back rejoicing,
carrying their sheaves.
R. The Lord has done great things for us; we are filled with joy.

Reading 2PHIL 3:8-14

Brothers and sisters:
I consider everything as a loss 
because of the supreme good of knowing Christ Jesus my Lord.
For his sake I have accepted the loss of all things 
and I consider them so much rubbish, 
that I may gain Christ and be found in him, 
not having any righteousness of my own based on the law 
but that which comes through faith in Christ, 
the righteousness from God, 
depending on faith to know him and the power of his resurrection 
and the sharing of his sufferings by being conformed to his death, 
if somehow I may attain the resurrection from the dead.

It is not that I have already taken hold of it 
or have already attained perfect maturity, 
but I continue my pursuit in hope that I may possess it, 
since I have indeed been taken possession of by Christ Jesus.
Brothers and sisters, I for my part 
do not consider myself to have taken possession.
Just one thing: forgetting what lies behind 
but straining forward to what lies ahead, 
I continue my pursuit toward the goal, 
the prize of God’s upward calling, in Christ Jesus.

Verse Before The GospelJL 2:12-13

Even now, says the Lord,
return to me with your whole heart;
for I am gracious and merciful.

GospelJN 8:1-11

Jesus went to the Mount of Olives.
But early in the morning he arrived again in the temple area, 
and all the people started coming to him, 
and he sat down and taught them.
Then the scribes and the Pharisees brought a woman 
who had been caught in adultery 
and made her stand in the middle.
They said to him,
“Teacher, this woman was caught 
in the very act of committing adultery.
Now in the law, Moses commanded us to stone such women.
So what do you say?”
They said this to test him,
so that they could have some charge to bring against him.
Jesus bent down and began to write on the ground with his finger.
But when they continued asking him,
he straightened up and said to them,
“Let the one among you who is without sin 
be the first to throw a stone at her.”
Again he bent down and wrote on the ground.
And in response, they went away one by one,
beginning with the elders.
So he was left alone with the woman before him.
Then Jesus straightened up and said to her,
“Woman, where are they?
Has no one condemned you?”
She replied, “No one, sir.”
Then Jesus said, “Neither do I condemn you.
Go, and from now on do not sin any more.”